Mi chica revolucionaria no es poesía. No deberías siquiera describirla con palabras que tratan de un cuento sobre superación que ni entiendes.
Cómo puedes hablar sobre una lucha que no es tuya, cómo puedes hablar de una líder cuando eres un simple observador de la metamorfosis.
Esa chica de la que tu hablas, es la que se enfrenta a quien le chista en la calle como si fuera un perro, la que abre las piernas más que tu en el metro para que no ocupes su espacio vital.
Es la que sale a la calle para luchar por los derechos que aún en el siglo XXI se le recortan y la que se queda en casa apoyando a sus hermanas, la que hace lo que le da gana, la que cuida, la que enseña, la que te bronquea por no entenderla, la que quiere igualdad para todas y para todos.
La revolución es salir del mundo de rosas que nos han pintado y aceptar todos los matices de grises que encuentres. También es hacer tu voz se escuche, es hacerte valer, es quererte.
Definitivamente no es poesía.
Y por cierto, no, no es tu chica, porque no es de nadie. Tu no puedes poseer una revolución. Ella es su propia revolución (e igual que digo ella, digo él).
Mi chica revolucionaria soy yo, no un par de palabras en papel, y a mi nadie me describe con poesías y florituras, porque ni el mejor de los poetas ni de los escritores podría describir la condena que he superado por lo que soy y por lo que me impusieron.
Nadie podría plasmar en un papel los insultos que describes por salirte del rebaño, las caras en la calle por llevar lo que crees que te sienta mejor, o los murmullos por hablar sobre sexo, masturbaciones o mostrar tu sexualidad reprimida.
Feminazi, comepenes, hembrista, gay, comehombres, extremista, maricón... Todo esto lo habrá escuchado o visto cualquiera que luche por la causa, y no se dan cuenta de que eso solo nos hace empoderarnos más y darnos cuenta de la urgencia de instaurar la igualdad y el respeto para todos.
Vosotras y vosotros, los que a pesar de los insultos, el desprestigio y el agotamiento mental seguís luchando, vosotros sois revolución.
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