Estoy harta de la maldad del mundo, de su aire viciado y su olor a cigarrillo, de sus barrios podridos y de los fantasmas de su gente (esas que, mas que personas, son bichos asquerosos con un disfraz de carne, como dijo Kafka).
Últimamente la maldad y la guerra le ganan terreno a la felicidad. Los inviernos son cada vez más largos, y las golondrinas ya no volverán a poner sus nidos en los balcones, porque la primavera pasada ahogaron a todos sus pollitos. Ese pobre artista trágico ahora se gana la vida robando, cuando no va drogado o borracho. Los niños ya no tienen inocencia, se la arrebatan nada mas nacer. Los jóvenes ya no se enamoran, porque el amor ahora se esconde en las alcantarillas, asustado por las bocas que lo nombran.
Ya, por poder, no podemos respirar, querer, ni si quiera opinar.
Y de repente, como una luz al final del túnel, llega esa chica con la falda mas corta de lo que debería. Si, ella, la que se contonea por la calle Amargura. Su cintura te hipnotiza, y tu no puedes hacer mas que seguirla. Se llamaba Esperanza.
Y llegó, e hizo que la maldad y la guerra se acostaran con la paz. Los inviernos aún siguen siendo largos, pero ya no nieva en los picos de la montaña. Nuestro artista ahora es un pobre enamorado, y Cupido dispara a sus anchas, a ver si hay suerte esta vez. Los niños siguen buscando su inocencia, pero al menos llegan al mundo llorando (y, según ella, es el sentimiento más puro y sincero que existe). El amor sigue confuso, porque ahora se comparte, se tira, o arde en una sola noche (porque, para ella, el amor es correr en sentido contrario a tus cicatrices). Joder, ahora merece la pena vivir, y lo haría solo por verte pasar por mi cama.
Ella eres tu. Esto es lo que me haces sentir. Curas mis inviernos y amansas mis primaveras y sus tormentas, llevándote contigo mis miedos. Ahora el artista soy yo, y me enamoré de la vida, aunque aún me dura la resaca.
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